Sin la resurrección, nuestra fe sería vana; con ella, la vida ha triunfado, el mal ha sido vencido y el futuro del mundo está abierto. La resurrección proclama que la muerte no ha tenido la última palabra y que Cristo vivo reina para siempre.
Sin embargo, esta gloriosa victoria nunca puede separarse de la cruz. La resurrección brota de la entrega total de Jesús. Antes de ser el Cristo resucitado, fue el Cristo crucificado. Por eso, JC2033 anima también a un gesto sencillo y cotidiano: detenerse cada día a las tres de la tarde, hora de la muerte de Cristo, para un breve momento de oración y recuerdo.
Las Escrituras nos dicen claramente que Jesús murió a las tres de la tarde. El Evangelio de Marcos relata que, tras tres horas de oscuridad, Jesús dio un gran grito y entregó su espíritu. Las tres de la tarde: este momento no es una simple indicación cronológica. Es la hora en que se cumplió la salvación del mundo. Es la hora en que el amor de Dios llegó hasta el final, abriendo ya, a la sombra de la cruz, la luz de la Pascua.
A las tres de la tarde, Jesús llevó el peso del pecado, de la injusticia y de la muerte. Pero esa carga no aplastó el amor: lo reveló. Al morir, Jesús abrió una fuente de misericordia que nunca se ha cerrado, una fuente que brota hasta hoy en el poder de la resurrección. Al asociarse con otros movimientos, JC2033 invita a los creyentes a redescubrir la fuerza espiritual de este momento preciso, como una puerta diaria hacia la vida del Resucitado.
Detenerte cada día a las 15 horas es entrar en el corazón mismo del proyecto de Dios: dejar que la cruz sea iluminada por la resurrección, y que la resurrección dé a la cruz todo su sentido. Es preparar nuestros corazones para la victoria definitiva de Cristo vivo.

